Un par de monedas en mi bolsillo, sudor en mis manos y hambre donde debería estar mi estómago. Las manos ardientes, el sexo dormido y el corazón transpirando agotado, por una frente quemada a más no poder.
Mis pies con mente propia
dirigiendo sus pasos hacia el bar, donde seguramente están los demás
jornaleros. En el camino me encuentro con Harald y Ulf que van al teatro, en
algún momento se convierte en vamos al teatro, con una pequeña bota de vino y
un queso fresco.
“Theater an der Wien” me dicen. Lo mejor
para una noche aburrida me reclaman. Cuando me siento en la banca y el bullicio
me envuelve, observo mis manos quebradas por el azadón y pienso en mi pobre
mujer esperándome. Yo sólo quería una cerveza y unas risas para llevar a casa.
Capitulo 2: El atardecer
¿Qué es este tugurio al que me han traído? Un techo absurdamente alto, bancas
por doquier y la gente a rededor mío hablando como una chiquillada. Las paredes
pintadas con colores vivos y otros escondidos en sus ventanas de muro. Así debe
sentirse dios o el rey, siempre arriba divirtiéndose, manteniendo su pueblo
contento con las guerras que organiza ¡haber si la corona pesa menos sentándose
donde pega el sol!. Mejor morderse el labio y evitarse terminar en el calabozo o
en algo peor.
Pronto un desfile de horribles
artefactos se presentan por mi frente: tubos retorcidos, cajas con lienzas
hacia sus extremos, palos huecos llenos de clavos. Invoco la cruz en mi pecho y
lamento haber llegado a tan extraño habitáculo.
Cojo mis cosas e intento largarme.
Mis compañeros intentan calmarme y me dicen que disfrute el espectáculo, pero
no hay nada que quiera saber de esta extraña caverna, quiero mi casa y dormir
para olvidar este confuso sitio. Me levanto decidido y un estruendo me corta el
paso emergiendo de un agujero más adelante… luego otro y un tercero. Las
diabólicas entrañas me hacen desistir y espero que todo salga bien.
Capitulo 3: La noche
La obra comienza y el estruendo se convierte en música. La Flauta Mágica me
dicen ellos que se llama cuando me señalan un papel que no sé leer. Todo es tan
bello y suave, todo es tan cierto que parece mentira ¿acaso no seré yo un
hombre pájaro? Y yo que me facinaba con el canto de las aves de madrugada, con
el sonar de las campanas o el canto del coro de la iglesia. Si la tierra que
labro diera letras, si la fuerza con la que cosecho fuese pluma, entonces la
palabra que busco seguro describiría lo que esto significa para mi vida.
¿Ya se acaba? ¿y el pobre
Papageno? Ahhh… su Papagena por fin aparece. Que hermoso resultó todo al final
¿aplauden? ¡os digo que aplaudáis más fuerte! ¡hurra! ¡viva! Harald y Ulf se
ríen de mí, mi alegría también se ríe de ellos.
Capitulo 4: El amanecer
La ciudad se hace pequeña mientras recorro su pequeña extensión con la cabeza ebria de felicidad. Avanzo a mi casa y entro llamando a Papagena, ¡weibchen!. Mi pobre mujer salta de miedo al verme tan extraño, la cojo por los hombros y le cuento lo que me ha sucedido: la música, los colores, la historia, todo. Me mira como un loco, como un demente alegre, coge mis labios y me besa con ternura “has encontrado una maravilla para ti, me alegro por ti”.
La desnudo lentamente y mis manos
recorren su espalda en fugaces movimientos, la abrazo con el estruendo de mi
cabeza. Mi cuerpo se amolda a los primeros sonidos de la obra, la penetro tres
veces, una más fuerte que la anterior y luego me salgo. Nos abrazamos en un
beso coordinado por la orquesta que repercute en el ritmo de mis entrañas, un
baile de lenguas que pronto vuelve a llamar tres veces en fieras estocadas. Con
el aliento en su cuello termino en su interior justo cuando la cortina abre
para la función.
Recostados llevo mi cabeza a su
pecho. Sabe que pronto he de partir de vuelta al campo, pero que este descanso hará
que mi mente se refresque como si mil horas hubiesen pasado. Entre sus senos
escucho a los tres genios guiándome hacia Morfeo. Su corazón también es parte
de mi música y la noche aplaude hasta el amanecer.
Capitulo 5: La mañana
La jornada se hace larga esperando terminar con todo lo previsto. Cojo todo y
corro hacia aquel teatro divino. Veo que está cerrado, en mí se siente que algo
no anda bien. Pregunto al encargado más cercano acerca de cuando se podrá ver
de nuevo la Flauta Mágica, me dice que no sabe, que el maestro Mozart ha
muerto.
Me voy despacio hacia el bar,
cojo una cerveza y un mendrugo de pan. Descanso sobre mi desilusión y veo como
la tarde transita frente mío mientras tarareo las escurridizas melodías de lo
que una vez fue mi mayor alegría. Me levanto y encamino hacia casa para
contarle las malas nuevas a mi señora.
En medio de la luz de un farol se
dibuja la figura de un ave proyectada del tamaño de un hombre, al girarme veo
un cuervo y aprovecho el impulso para preguntarle ¿y quién mierda es ese Mozart
que me ha dejado sin mi música?.
Fin