Un embriagador olor cubría todo
el mundo mágico, una fragancia que empañaba los lentes de las secretarias,
ahogadas en sus cárceles de papel y tinta. Se camuflaba por los rincones más
increíbles y dejaba boquiabierto, aunque sólo por algunos segundos, a los
jóvenes que todavía sentían sus togas demasiado grandes y pesadas.
No era la primavera, ni tampoco
el amor, era Pachuli número 4. Un elixir guardado bajo llave y candado, destilado
de unas extrañas plantas para que las cabras se lo comiesen toda su vida, para
que los pastores que comían cabras tuvieran hijos y disecarán los fetos. De
esas vidas sin voz, un largo proceso de fermentación en gaitas irlandesas daban
por fin las gotas intoxicadoras que cubrían la blanca corporeidad. No era el
culo con talco de Potter, que se lo empolvaba pues el olor le recordaba a sus
padres… y evitaba el odioso roce que le producía magulladuras (la mayoría por
hongos). Era la cabeza de Lord Voldemort.
Lord Voldemort se había
despertado muy temprano: se había dado un baño de sangre en su tina con sales
marinas, luego secado con la toalla y se había puesto desodorante en spray,
porque él no usaba en barra, la irritación lo hacía ver débil y el elfo no había
podido comprarle uno suavecito. Había destapado su Pachuli número 4 y había
abierto la ventana, no para compartir su olor con el mundo, sino porque se le
había pasado la mano con la concentrada fragancia.
Llamó a “17” para que le buscara
su túnica navideña. “17” era su elfo doméstico quien no poseía nombre, pues el
señor oscuro poseía muy mala memoria, de hecho era muy probable que hubiera
habido varios 17 anteriores, muertos, sin lugar a dudas, por algún escape de
ira de su amo o por diversión. El Elfo no pensaba mucho en eso, o en muchas
otras cosas, que le hubieran salvado de más de algún bofetón, y se dedicó a
buscar la túnica navideña: Una túnica negra con un pompón rojo y otro blanco,
ambos del porte de una nuez, en…. Alguna
parte que seguro no se veía a simple vista ni tampoco en un revisión detallada.
Voldemort se desvistió y “17” le
entregó la túnica, mientras un brillo imperceptible cruzaba los ojazos color
negro “pasta de zapato” del elfo mágico hacia… lo que fuera que tenía Voldemort
entre las piernas, pues de seguro era mágico sino hubiera tenido que ser
cremado por orden del Ministerio de la Magia, asi que diremos que: el elfo
quedo enmudecido por la presencia mágica del señor oscuro quien se alejó dando
brincos y regresó de la misma manera, porque sólo se había desvestido y había
dejado tirada su túnica.
Capitulo 2: El fantasma de las navidades presentes
Uno a uno los mortífagos fueron
entrando al gran salón y dejaron sus regalos para el señor oscuro, mientras él
los saludaba y ellos lo saludaban desde lejos, por que todavía apestaba a
Pachuli número 4.
Un cóctel muy exquisito y luego
una breve charla para saber de cómo habían estado todos, un pequeño brindis y
bromas van, bromas vienen.
Bellatrix llego con un exquisito
retraso, porque en realidad era bello, lo había hecho ella con mucho cariño, 45
minutos del más puro oro chileno. Venía vestida de forma exquisita (que no era
de oro para la desilusión de algún gnomo): Un vestido bordado con los pelos de
unos muggles albinos, teñidos en una fábrica textil de indochina con el más
puro plomo, abrochado con los meniscos gangrenosos de prisioneros de guerra y
con un lindo felpudo de cotones de vellos púbicos, regalo de un jaque
mortífago. Un festín emocional.
La dama oscura saludo a su
maestro con sus fogosos labios y le entrego su regalo envuelto con papel de
lijar. Bellatrix usaba su perfume habitual: Semen de Caballo. Un exquisito
aroma para ella y nada bueno para los demás, pues muy mortífagos serán, pero
todo tiene un límite.
“17” sirvió la comida. Todos
masticaban con presteza y se deleitaban de lo magnífico que le había quedado
todo al señor oscuro, quien era un habido cocinero y que con la ayuda del elfo
había generado otro delicioso banquete. Todos hablaban hasta por los codos,
cuando las burbujas, del Vino Genérico año mil setecientos muy antiguo, se les
subió a la cabeza.
Los juegos típicos de las
navidades se dieron cita:
·
“¿quién soy?”, un juego en que imitaban a los
personajes conocidos y adivinaban “tengo una cicatriz y soy huérfano”, cosas de
esas.
·
“Persigue al muggle”: Soltaban un humano a
correr mientras lo perseguían con fierros calientes.
·
“Imita a Harry” Que era el juego preferido de
Voldemort
·
“Yo maté a Sirius Black” Que era el juego
preferido de Bellatrix
·
“Sangre sucia” uno era sangre sucia y le iba
traspasando la inmundicia a otro, mientras volvía a perseguir a otros.
·
Y otros muchos otros que seguro os imaginaréis…
Cerca de las 11, “17” trajo un hermoso pastel regalado por
parte de los Weasley. Si bien, esta entrañable familia de magos preferiría ver
empalado al sierpe hablante organizador, siempre mandaban una torta a todos sus
conocidos y Voldemort no era la excepción. Él siempre les mandaba algún
regalito de vuelta, una caja de bombones o algún libro escrito por Rowling…
cosas de esas.
Capítulo 3: El fantasma de las navidades futuras
En aquella habitación iluminada
por chillones papeles desgarrados, y oculta de las risas apagadas de una
veneración etérea y falsa, el personaje maligno se sentaba en cuclillas en una
posición que le era ajena y que jamás anhelo recordar en su subconciente. Se
alzó silencioso hacia su escritorio, un viejo mueble regalado por un mortífago,
cuyo nombre ni se acordaba. El inmueble con el sello de la escuela-castillo, el
mismo donde se forjo como mago.
Allí se sentía más aislado,
protegido de hecho, de todo lo que había logrado. Era una noche para no estar
seguro, para recibir carbón y molestarse por ser malo. Pero helo allí, lleno de
baratijas y presentes vacíos, para dar candela interminable a su agonía
interior.
Cogió suavemente un sobre y una
hoja:
“Sr. Potter,
Me sería muy grato
que pasará las próximas festividades en mi mansión.
Lord
Voldemort”
El abrazo frío como el hielo lo
cogió, como siempre de sorpresa. Los suaves pecho de Bellatrix se posaron con
ternura en la huesuda espalda y el beso fue una extensión cariñosa del mismo.
Se cogieron y se llevaron como uno solo, abranzandose en un serpenteo
interminable hacia la chimenea. Extasiados bajo la luz de un fuego recién
prendido, realizaron su amor hasta la agonía del papiro, la carta estaba
quemada y las navidades sólo eran espíritus exorcizados.